Se encienden las metralletas, disparan a mansalva ramas, piedras y pastos. Los metales centelleantes absorben los rayos del mediodía mientras hombres sudados con gorras de los años ochenta las sacuden a lo largo y ancho de los jardines, observados de cerca por las lujuriosas señoras celosas que buscan el tropiezo para señalar, mientras pueden dejar de lado sus furiosas ansias enterradas bajo 400 parques superpuestos de ser penetradas ahí mismo, en su blanco e inmaculado living, dejando un charco de sudor y sufrimiento en los mármoles recién encerados.
El calor nubla la visión. El jardinero corre la perilla al máximo, ahora atraviesa un árbol añejo desde la base hacia la copa, sus pies descalzos son como tenazas que se aferran al tronco, en el camino lo destruye todo, la señora entra en éxtasis se echa hacia atrás en el sillón y levanta su falda, se acaricia, luego vuelca su vaso de té helado con limón sobre sus pechos y entrepierna, el vapor empaña las ventanas, exaltada corre y frota el vidrio, deja escapar un gemido, el rudimentario hombre está parado sobre la superficie del agua en medio de la pileta, su gesto es de profunda concentración, súbitamente de las profundidades de la piscina emerge con un poderoso estruendo la cortadora de pasto eyectada hacia el firmamento, dejando una estela de pesado humo gris, el hombre permanece ahí unos segundos mas, luego camina por el manto transparente y se retira mansamente hacia su Renault 18 Break con acoplado.
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¡Cortadoras de pasto voladoras!
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